Lanzar una empresa de eventos en 2020, exactamente cinco minutos antes de que una pandemia mundial nos encerrara a todos en casa, solo tiene dos explicaciones: o eres un completo inconsciente, o tienes muy claro lo que haces. Adivina en qué lado de la balanza está Dídac Fernández, el fundador de Fotoboo.
Por aquel entonces, Dídac se ganaba la vida esquivando invitados ebrios mientras pilotaba drones en vídeos de bodas. Fue ahí, entre el enésimo «Paquito el Chocolatero» y toneladas de confeti, donde presenció la gran tragedia del sector: una falta de profesionalidad alarmante. Empresas de entretenimiento que llegaban tarde, cables por el suelo, logotipos pixelados en Comic Sans y un pasotismo que hacía temblar a cualquiera.
Dídac vio el hueco, tuvo una revelación y tomó una decisión radical: colgar los drones, decir «sí, quiero» al sector corporativo y prohibir las bodas, bautizos y comuniones en el ADN de Fotoboo.
Naciéramos en el año que naciéramos, íbamos a ser la única empresa de fotomatones obsesionada en exclusiva con el cliente de empresa. Cambiamos el drama de los cuñados por la exigencia de los briefings multinacionales, aplicando tecnología de nivel enterprise y una puntualidad tan británica que asusta. El resto, como ya habrás visto en nuestros eventos, es historia viva de las mejores marcas del país.







